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Una vez al año, los hijos del sol bajan a la ciudad, que
toda es suya, mientras se desahogan hasta agotarse entre
cemento y alquitrán.
Estos días me gusta mezclarme a la muchedumbre para
contagiarme con ese sentimiento de alegría y felicidad
desenfrenadas que sopla por calles y callejuelas, donde
sino impera la ley de la selva. |