CAPÍTULO PULACAYO - Domitila Barrios PÁGINA



■  SI ME PERMITEN HABLAR...
 
Testimonio de la Domitila
Una Mujer de las Minas de Bolivia, por Moema Viezzer
Publicación en 1978 por "Siglo XXI", ISBN: 968 230 1270
 
El texto siguiente es un extracto del capitulo Pulacayo


PULACAYO


Yo nací en Siglo XX el 7 de mayo de 1937. A los tres años, más o menos, llegué a Pulacayo y allá viví hasta los veinte. Por eso no me parece justo hablar de mi historia personal sin referirme a ese pueblo, al cual debo mucho. Lo considero parte de mi vida. Tanto Pulacayo como Siglo XX ocupan el primer sitio en mi corazón. Pulacayo, porque me cobijó desde la pequeñez; allí viví los años más felices. Porque en la niñez, cuando uno tiene un pedazo de pan con que llenar la barriga y un pedazo de trapo con que abrigarse del frío, se siente feliz. Muy poco se da cuenta de la realidad en que vive.

Pulacayo se encuentra en el departamento de Potosí, en la provincia de Quijarro, a unos 4300 metros de altura. Se trata de un distrito minero bastante combativo y aguerrido. Tuvo participación activa en la revolución del 9 de abril del 52, desarmando al regimiento LOA de Uyuni. Esa efervescencia revolucionaria que tenía la clase trabajadora fue el motivo fundamental para que cerraran la mina. Sin embargo, por la voluntad de sus hijos, no ha muerto aquel pueblo. Lo han convertido en un pueblo industrial. Allí están las fábricas de lana, de clavos, de pernos y la fundición, que es muy importante, a pesar de que actualmente tiene sólo unos cuatrocientos trabajadores; antes tenía dos mil.

Mi madre era una mujer de la ciudad de Oruro. Mi papá es indígena. No sé si quechua o aymará, porque habla muy bien los dos idiomas, correctamente. Pero sí, sé que ha nacido en el campo, en Toledo.

Se quisieron mucho mis papás. Pero mi padre andaba metido en política, además era dirigente sindical y por esta causa sufrió mucho y nosotros con él.

Desde soltero mi padre trabajó en política. Ya antes de casarse había sido apresado. Su formación la tuvo primero en el campo y después en la mina. Y en la guerra también aprendió mucho. En la guerra del Chaco. (1932-1935 entre Bolivia y Paraguay. La ausencia de demarcación territorial definida dio pie a una disputa por las reservas petrolíferas de la región entre los dos países, detrás de los cuales se encontraban los intereses petroleros norteamericanos de Standard Oil Co. e ingleses-holande­ses de Royal Dutch Co.) En esa guerra él luchó y se dio cuenta de que era necesario tener en Bolivia un partido de izquierda. Y cuando surgió el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), él depositó en ese partido su confianza y luchó bastante en él.

Por ser político y dirigente sindical, primeramente lo deportaron a mi padre a la isla de Coati, que está en el lago Titicaca. Después a Curahuara de Carangas. Posteriormente regresó a Siglo XX y nuevamente lo apresaron. Lo botaron del trabajo y lo deportaron a Pulacayo. "Que se muera de frío", dijeron. Porque Pulacayo es un lugar bastante frígido.

Llegando en ahí, mi padre no podía conseguir trabajo con nadie, ni en la mina ni en ningún lado, porque su nombre estaba en la "lista negra". Eso fue en el año 40. Y así vivíamos mi papá, mi mamá, yo, que tenía dos años, y mi hermanita recién nacida.

Felizmente mi padre tenía el oficio de sastre y comenzó a trabajar; pero tenía muy pocos ingresos y por eso le faltaba material para implantar una buena sastrería. Una vez fue a arreglar en su casa la ropa de un militar y ese señor lo hizo ingresar a la policía minera. Le dieron uniforme, pasaba lista, pero lo ocupaban sobre todo como sastre. Y a veces le daban un traje que tenía que entregar en tres días, y entonces mi papá tenía que trabajar día y noche para conseguir terminarlo en ese tiempo; pero por ello no le daban ninguna recompensa, solamente su sueldito de policía, que era muy poco. Y así pasábamos necesidades. Y entonces mi madre también le ayudaba a mi papá y hacía algunos trajecitos, bordaba algunas cositas y siempre le estaba colaborando. Me recuerdo cómo nos queríamos mucho e yo vivía feliz.

Pero no sé si mi papi seguía metiéndose en política después que estábamos en Pulacayo, el problema es que cuando nació una de mis hermanitas, él desapareció. Esto fue en el 46, cuando mataron al presidente Villarroel. Lo supimos un día domingo, yo siempre me acuerdo. Mi madre estaba todavía en cama porque había dado a luz. Y entraron los del ejército de noche a mi casa y revisaron todo. E incluso, a mi madre la hicieron salir de la cama. Y todo lo que teníamos, un poquito de arroz, de fideos, todo lo mezclaron y echaron al suelo. Y a mí me ofrecían darme golosinas, chocolates, para que yo les indicara si había visto armamento por la casa, ¿no?

Yo tenía entonces cerca de diez años, y todavía no había ingresado a la escuela porque no teníamos dinero suficiente. Mi papi se quedó perdido por mucho tiempo y mi mamá lo andaba buscando por todas partes. Hasta que, después de varios meses, regresó mi papá. Parece que lo habían sacado a otro lugar unos compañeros.

Entonces todo se normalizó, mi papá volvió a trabajar y recién pude yo ingresar a la escuela. Pero tuvimos tan mala suerte que mi madre se enfermó a causa de todas esas cosas que nos ocurrían. Y al mismo tiempo estaba dando a luz a otra chiquita. Y mi madre se murió dejando a cinco huerfanitas, siendo yo la primera.

Entonces yo tuve que hacerme cargo de mis hermanitas. Tuve que ausentarme de la escuela y mi vida se volvió bastante difícil. Primero, porque por la muerte de mi mamá, mi papi se dedicó mucho a tomar. Él sabía tocar piano, tocar guitarra y entonces la gente lo invitaba a cualquier fiesta para tocar. De esa manera comenzó a beber mucho. Y cuando venía mareado, nos pegaba bastante.

Vivíamos solitas, casi sin nada. No teníamos amigos, no teníamos juguetes. Una vez, en el basurero, encontré a un osito sin patitas, bien sucio, bien viejo. Lo llevé a la casa, lo lavé, lo arreglé. Ése fue el único juguete que tuvimos nosotras. Todas lo manejábamos, me acuerdo muy bien. Era un juguete horrible, pero era toda nuestra ilusión, todo nuestro juego.

Los días de Navidad dejábamos nuestros zapatos en la ventana, esperando algún regalito. Pero nunca, nada. Entonces salíamos a la calle y veíamos que todas las niñas estaban manejando muñecas bonitas. Queríamos por lo menos tocarlas, pero las chicas decían: "No hay que jugar con esa imilla" (palabra quechua = niña o adolescente indígena; término frecuentemente utilizado en sentido despectivo). Y se alejaban de nosotras. ¿Sería por nuestra forma de ser? ¿O porque no teníamos a nuestra madre? Yo misma no me explico, pero sí, había ese resentimiento por parte de los otros niños. De allí que vivíamos en un mundo aparte. Nosotras y nadie más, en la cocina jugábamos, nos contábamos cuentos, nos poníamos a cantar.

Además, la noche en que se estaba muriendo, mi mamá le hizo llamar a mi papi y le hizo prometer que no se metería más en política, porque ella se iba a morir y mi papá tendría que ocuparse de nosotras. "Tenemos hijas, puras mujeres" – le dijo – "Y si me pasa algo a mí, ¿quién va a cuidar de ellas? Ya no te metas en nada. Tanto hemos sufrido ya". Y le hizo jurar a mi padre que no se iba a meter más en nada.

Desde entonces, mi papá dejó de meterse como antes. Pero sí, sentía nostalgia de todo aquello. Por ejemplo, cuando triunfó la revolución del 52, él se sentía feliz. Y tenía mucho sentimiento de no estar con los que fueron a entrevistarse con el presidente Paz Estenssoro. Yo me he dado cuenta de que nosotras éramos un estorbo para él en su actividad. Claro, el no dejaba de participar, de seguir orientando a la gente. Reunía grupos en la casa, tenía células, militaba efectivamente, pero ya no tan arrojado como acostumbraba serlo antes...



...Bueno, en el 54 me fue difícil regresar a la escuela después de las vacaciones, porque nosotros teníamos una vivienda que consistía en una pieza pequeñita donde no teníamos ni patio y no teníamos dónde ni con quiénes dejar a las wawas. Entonces consultamos al director de la escuela y él dio permiso para llevar a mis hermanitas conmigo. El estudio se hacía por las tardes y por las mañanas. Yo tenía que combinar todo: casa y escuela. Entonces yo llevaba a la más chiquita cargada y a la otra agarrada de la mano y Marina llevaba las mamaderas y las mantillas y mi hermana la otrita llevaba los cuadernos. Y así todas nos íbamos a la escuela. En un rincón teníamos un cajoncito donde dejábamos a la más chiquita mientras seguíamos estudiando. Cuando lloraba, le dábamos su mamadera. Y mis otras hermanitas allí andaban de banco en banco. Salía de la escuela, tenía que cargarme la niñita, nos íbamos a la casa y tenía yo que cocinar, lavar, planchar, atender a las wawas. Me parecía muy difícil todo eso. ¡Yo deseaba tanto jugar! Y tantas otras cosas deseaba, como cualquier niña.

Dos años después, ya la profesora no me dejó llevar a mis hermanitas porque ya metían bulla. Mi padre no podía pagar a una sirvienta, pues no le alcanzaba su sueldo ni para la comida y la ropa de nosotros. En la casa, por ejemplo, yo andaba siempre descalza; usaba los zapatos solamente para ir a la escuela. Y eran tantas cosas que tenía que hacer y era tanto el frío que hacía en Pulacayo que se me reventaban las manos y me salía mucha sangre de las manos y de los pies. La boca, igual se me rajaban los labios. De la cara también salía sangre. Es que no teníamos suficientes prendas de abrigo.

Bueno, como la profesora me había dado aquella orden, entonces yo empecé a irme sola a la escuela. Echaba llave a la casa y tenían que quedarse las wawas en la calle, porque la vivienda era oscura, no tenía ventana y les daba mucho terror cuando se la cerraba. Era como una cárcel, solamente con una puerta. Y no había dónde dejar a las chicas, porque en ese entonces vivíamos en un barrio de solteros, donde no había familias, puros hombres vivían en ahí.

Entonces mi padre me dijo que dejara la escuela, porque ya sabía leer y leyendo podía aprender otras cosas. Pero yo no acepté y me puse fuerte y seguí yendo a clases.

Y resulta que un día la chiquita comió ceniza de carburo que había en el basurero, ese carburo que sirve para encender las lámparas. Sobre esa ceniza habían echado comida y mi hermanita, de hambre, creo yo, se fue a comer de allí. Le dio una terrible infección intestinal y luego se murió. Tenía tres años.

Yo me sentí culpable de la muerte de mi hermanita y andaba muy, muy deprimida. Y mi padre mismo me decía que esto había ocurrido porque yo no había querido quedarme en casa con las wawas. Como yo había criado a esta mi hermanita desde que nació, eso me causó un sufrimiento muy grande.

Y desde entonces comencé a preocuparme mucho más por mis hermanitas. Mucho más. Cuando hacía mucho frío, y no teníamos con qué abrigarnos, yo agarraba los trapos viejos de mi padre y con eso las abrigaba, les envolvía sus pies, su barriga. Las cargaba, trataba de distraerlas. Me dediqué completamente a las niñas.

Mi padre gestionó en la empresa minera de Pulacayo para que le dieran una vivienda con patiecito, porque era muy difícil vivir donde estábamos. Y el gerente, a quien mi papá le arreglaba sus trajes, ordenó que le dieran una vivienda más grande con un cuarto, una cocina y un corredorcito donde se podía dejar a las chicas. Y fuimos a vivir en un barrio que era campamento, donde la mayoría de las familias eran de obreros de las minas.

Sufríamos hambre a veces y no nos satisfacían los alimentos porque era poco lo que podía comprar mi papá. Ha sido duro vivir con privaciones y toda clase de problemas cuando pequeñas. Pero eso desarrolló algo en nosotras: una gran sensibilidad, un gran deseo de ayudar a toda la gente. Nuestros juegos de niños siempre tenían algo relacionado con lo que vivíamos y con lo que deseábamos vivir. Además, en el trascurso de nuestra infancia habíamos visto eso: mi madre y mi padre, a pesar de que teníamos tan poco, siempre estaban ayudando a algunas familias de Pulacayo. Entonces, cuando veíamos pobres por la calle mendigando, yo y mis hermanas nos poníamos a soñar. Y soñábamos que un día íbamos a ser grandes, que íbamos a tener tierras, que íbamos a sembrar y que a aquellos pobres les íbamos a dar de comer. Y si alguna vez nos sobraba un poco de azúcar o de café o de alguna otra cosa y oíamos un ruido, decíamos: "De repente aquí está pasando un pobre. Mira, aquí hay un poquito de arroz, un poquito de azúcar". Y lo amarrábamos a un trapo y... "¡pá!..." lo echábamos a la calle para que algún pobre lo recoja. Una vez ocurrió que le tiramos a mi papá su café cuando volvía del trabajo. Y cuando entró a la casa nos regañó mucho y nos dijo: "¿Cómo pueden ustedes estar desechando lo poco que tenemos? ¿Cómo van a despreciar lo que tanto me cuesta ganar para ustedes?" Y bien nos pegó. Pero eran cosas que se nos ocurrían, pensábamos que así podríamos ayudar a alguien, ¿no?

Y bueno, así era nuestra vida. Yo tenía entonces 13 años. Mi padre siempre insistía en que no debía seguir en la escuela. Pero yo le iba rogando, rogando, y seguía yendo. Claro, siempre me faltaba material escolar. Entonces, algunos maestros me comprendían, otros no. Y por eso me pegaban, terriblemente me pegaban porque yo no era buena alumna.

El problema es que habíamos hecho un trato mi papá y yo. Él me había explicado que no tenía dinero, que no me podía comprar material, que no me podía dar nada para la escuela. Y yo le prometí entonces que no le iba a pedir nada para la escuela. Y de ahí que me arreglaba como podía. Y por eso tenía yo problemas.

En el sexto curso tuve como profesor a un gran maestro que me supo comprender. Era un profesor bastante estricto, y los primeros días que yo no llevé el material completo, me castigó bien severamente. Un día me jaló de los cabellos, me dio palmadas y, al final, me botó de la escuela. Tuve que irme a la casa, llorando. Pero al día siguiente, volví. Y de la ventana miraba lo que estaban haciendo los chicos.

En uno de esos momentos, el profesor me llamó: "Seguramente no ha traído su material" me dijo. Yo no podía contestar y me puse a llorar.

"Entre. Ya pase, tome su asiento. Y a la salida se ha de quedar usted".

Para ese momento, una de las chicas ya le había avisado que yo no tenía mamá, que yo cocinaba para mis hermanitas y todo eso.

A la salida me quedé y entonces él me dijo:

"Mira, yo quiero ser tu amigo, pero necesito que me digas qué pasa con vos. ¿Es cierto que no tienes tu mamá?"

"Sí, profesor."

"¿Cuándo se murió?"

"Cuando estaba todavía en el primer curso."

"Y tu padre, ¿dónde trabaja?"

"En la policía minera, es sastre."

"Bueno, ¿qué es lo que pasa? Mira, yo quiero ayudarte, pero tienes que ser sincera. ¿Qué es lo que pasa?"

Yo no quería hablar, porque pensé que iba a llamar a mi padre como algunos profesores lo hacían cuando estaban enojados. Y yo no quería que lo llamara, porque así había sido mi trato con él: de no molestarlo y no pedirle nada. Pero el profesor me hizo otras preguntas y entonces le conté todo. También le dije que podía hacer mis tareas, pero que no tenía mis cuadernos, porque éramos bien pobres y mi papá no podía comprar y que, años atrás, ya mi papá me había querido sacar de la escuela porque no podía hacer ese gasto más. Y que con mucho sacrificio y esfuerzo había yo podido llegar hasta el sexto curso. Pero no era que mi papá no quisiera, sino porque no podía. Porque, incluso, a pesar de toda la creencia que había en Pulacayo de que a la mujer no se debía enseñar a leer, mi papá siempre quiso que supiéramos por lo menos eso.

Sí, mi papá siempre se preocupó por nuestra formación. Cuando murió mi mamá, la gente nos miraba y decía: “Ay, pobrecitas, cinco mujeres, ningún varón... ¿para qué sirven?... Mejor si se mueren.” Pero mi papá muy orgulloso decía: “No, déjenme a mis hijas, ellas van a vivir.” Y cuando la gente trataba de acomplejarnos porque éramos mujeres y no servíamos para gran cosa, él nos decía que todas las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Y decía que nosotras podíamos hacer las hazañas que hacen los hombres. Nos crió siempre con esas ideas. Sí, fue una disciplina muy especial. Y todo eso fue muy positivo para nuestro futuro. Y de ahí que nunca nos consideramos mujeres inútiles.

El profesor comprendía todo esto, porque yo le contaba. E hicimos un trato de que yo le iba a pedir todo el material de que necesitaba. Y desde ese día nos llevábamos a las mil maravillas. Y el profesor nos daba todo el material que necesitábamos yo y mis hermanitas más. Y así pude terminar mi último año escolar...


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última actualización 2015-06-26